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  Relato: El Panteon Viejo.  
 

 

Miguel Zapta Rosas.

INTRODUCCIÓN

Después de aquella memorable visita que en grupo hicimos a el lugar conocido como el Panteón Viejo,(para muchos ya olvidado) la noche del primero de noviembre, donde tuvimos oportunidad de compartir estos relatos, no pocas personas han acudido a solicitar copia de las mismas, este articulo es pues primero una muestra de gratitud por el estimulo recibido, y una respuesta a sus peticiones a la vez quiero que sepan que al escribir esta pequeña obra, lo hago articulando platicas, relatos y demás díceres que escuche de chico, y que seguro se fueron escondiendo entre esas neblinas incoloras con que se forman los recuerdos. Siempre tuve interés por esas cosas raras que cuentan los viejos, y después de escucharlos me pasaba horas y horas imaginando como habría sido el momento en que vivieron su relato. Tal vez sea por eso que pude conservar en las marañas de la mente, al menos algo de sus pláticas. Muchas de las cuales yo tomaba como cosas fantásticas pero creíbles.

Al hablar del panteón viejo, tengo que mencionar primero a mi abuela María de Jesús y a mi padre, quienes frecuentemente se referían a las epidemias de la “la gripa”y la calamidad como experiencia que les toco vivir, tuvo lugar de 1912 a 1915,pero a la vez platicaban de otra epidemia mas grave que les toco vivir a sus abuelos, y es la que aquí relaciono con el panteón viejo.

Haciendo justicia debo mencionar a un viejo alegre y bonachón que montaba un caballo colorado tan viejo como él, pero que decía le era mas fiel que el perro, siempre se estaba quieto donde quiera que lo dejara, así fuera en su huerta o en la entrada de una cantina, este señor tenia un amplio repertorio de dichos y picardías, pero en su platica nunca ofendida, al contrario platicar con don Manuel Rojas siempre me pareció alegre y divertido, casi siempre era de regreso de la huerta de El Rincón, cuando yo no tenia prisa de llegar a casa y si al pasar por su huerta, lo encontraba, me quedaba buen rato escuchando cuanto se le ocurría contarme, en sus platicas mencionaba a “el arrastrado” pero con muy pocos detalles. por ultimo esta don Celso Tobón todo lo contrario de don Manuel, muy serio y de pocas palabras, hasta creo de pocos amigos, pero con él también supe algo del tema y de un hecho desagradable acontecido al padre Corichi, que espero en otra ocasión poder contarles. por ahora espero estén de acuerdo conmigo que al armar el rompecabezas, los retazos de mis recuerdos los valla uniendo con hilos de imaginación y fantasía, pues la imaginación nos permite admirar, tanto la sublimidad a que aspira el ser humano, como la negrura de la miseria en que puede hundirse, y la fantasía puede a su vez ser tan cierta como la realidad que a diario nos toca vivir.

 

San Juan Evg. Zacapala Pué. a 2 de noviembre de 2008.

MIGUEL ZAPATA ROSAS.

 

EL PANTEÓN VIEJO:
Hubo una época en que esta región de la mixteca fue azotada por una epidemia desconocida y muy grave, además era muy contagiosa. los abuelos contaban que empezó en el pueblo del Rosario.

Un día llegó aquí un hombre en busca del señor cura para que fuera confesar a su mujer y a su hija, que estaban muy enfermas, a este hombre se le hizo tarde esperando al señor cura que no estaba y además también se sentía muy débil por la fuerte calentura y dolores terribles en el cuerpo, por lo que buscó posada con una familia conocida. Muy temprano llegó un joven buscando a su padre para informarle que su madre y su hermana habían fallecido, el joven encontró a su padre recibiendo los Santos Oleos de parte del sacerdote que acudió a confesarlo, el señor cura que era don Antonio Vivas de Velasco le dijo al muchacho que su padre ya estaba agonizando que mejor se regresara a su pueblo a enterrar a su madre y a su hermana que había dejado tendidas, que el señor aquí ellos lo enterrarían.

Aun cuando los vecinos del pueblo se condolían del suceso, no tenían conciencia de la gravedad del caso, no cabía imaginar que el mal que había causado la muerte de estas personas fuera contagioso, lo entendieron cuando una semana después la familia que había convivido con el hombre enfermo ya padecía la misma enfermedad y morían sin remedio. otros opinan que esta no fue la única causa de que esta peste entrara al pueblo o al menos no la principal. La causa principal fue producto de la cruel inseguridad y abandono en que estaba sumergida la mixteca y por ende nuestro pueblo. Aconteció que un grupo de estos facinerosos se apostó a media plaza. Esta gente se metía a las casas a robar cuanto le gustaba, mataban gallinas y puercos para hacer su comida, ya en la plaza o en el patio de las casas como si estuvieran en la suya. Otros mas altivos, le exigían a las amas de casa que les guisaran el animal que habían matado. Este grupo de bandidos estaba contagiado de la terrible enfermedad. Los enfermos lanzaban alaridos, vomitaban sangre y se contorsionaban presos de horrendos calambres. Se dice que estos bandidos, a los tres días de haber llegado, ellos mismos mataron a los que ya no tenían remedio y entonces se fueron.

El señor cura párroco se opuso a que estos difuntos fueran enterrados en el atrio, pues ya se había dado cuenta de que las sepulturas las dejaban muy encima y eran notorio los olores pestilentes de los cuerpos en descomposición, y exigió que se buscara un lugar mas apartado del pueblo.

Por esto, los cuerpos abandonados fueron llevados al pie del Comaltepec para allí enterrarlos. Pero la tarea era difícil y la terrible enfermedad se propagó por todas partes. Contaban los abuelos que era muy triste salir a la calle y ver a la gente con la cabeza amarrada y con dificultad arrastrando los pies, algunos en busca de algo que comer y otros para pedir al vecino que les ayuden a enterrar sus muertos. El cuerpo era atravesado sobre un burro para llevarlo a enterrar a este lugar.

Pero sucedió que aquí en el Comaltepec el terreno es mas duro y la sepultura tampoco se hacia onda, algunas veces no solo se enterraba un cadáver, pues traían otros del rancho y se aventaban dos o tres en el mismo hoyo.

A cada atardecer, los vecinos refugiados en sus míseros jacales, escuchaban temerosos el tétrico aullar de los coyotes que parecían congregarse alrededor del pueblo presagiando más muertes y más desgracias, y por la mañana comprobar que algún cuerpo había sido desenterrado y devorado por los animales. El padrecito predicaba y predicaba medidas de higiene, oración y penitencia, pero muchas de sus recomendaciones a la mayoría de la gente le resultaba difícil de cumplir y algunas hasta imposible, como aquella en que decía que solo una persona debía atender al enfermo y cada noche debía bañarse, untarse el cuerpo con aguardiente y ponerse ropa limpia, pero si la enagua o la camisa se embarra con sangre o vomito del enfermo la tenían que quemar.

¡Pero muchos que iban a quemar su camisa, si esa que traían puesta era la única que tenían!

El padrecito recorría los pueblos y ranchos y a pesar de las medidas que predicaba se contagio, eran pocos los enfermos que milagrosamente sanaban pero este sacerdote falleció de la misma enfermedad. Su muerte debió ocurrir entre mayo y junio, ya que su ultimo documento aunque no firmado, tiene fecha de 10 de abril de 1843, algunos dicen que fue enterrado en el atrio, otros mas que aun lado del altar mayor ya que era muy querido por el pueblo.

Nuestro pueblo se había acordado, en medio de sus enfermedades y miserias, del muy amado Padre Jesús, y se hacían misas rogativas y frecuentes procesiones por las calles del pueblo, y ahora con la muerte del padre Antonio eran más fervientes y a mañana y tarde. Sorprendentemente el mal que tanto daño había causado de pronto disminuyó y meses después desapareció.

 

Todos creyeron que este era un favor que se le debía al padre Antonio Vivar de Velasco, y que por su intercesión Padre Jesús había tenido compasión de su pueblo.

Los hombres volvieron a cultivar sus tierras, a plantar sus huertas y a poner sus ganados. El Patrón radicado en Tepexi, decidió cambiar su negocio de la cría de ganado por el cultivo de la caña de azúcar que en Matamoros estaba dejando grandes utilidades, ordeno se dedicaran a preparar los terrenos mientras se organizaban grandes arrierías para traer la semilla. Comenzó a llegar gente de otros pueblos atraídos por el milagro y la bonanza, y Zacapala volvió a tener vida. Había una aparente tranquilidad política en el país, aunque la lucha por el poder apenas comenzaba.

¿Por que se abandonó el panteón viejo?
¿Por qué un nuevo panteón?
Lo comprenderás cuando escuches la siguiente historia:

La Niña Engracia
Por muchos años los padres contaron a sus hijos la triste historia de la niña Engracia, y como los sucesos corren veloces de boca en boca, también se comentaba en los pueblos cercanos. Seguramente vivió en la parte norte del pueblo y no muy lejos de la iglesia, la historia empieza diciendo que siendo muy pequeña perdió a su madre, y que su padre del que tampoco se sabe el nombre, era un hombre muy responsable y trabajador, pues aun cuando algunas personas caritativas se ofrecían cuidar de la niña, solo se las encargaba por unas horas, por hacer lo mas indispensable en su trabajo y corría a estar al lado de su hija. Era joven pero nunca se volvió a casar, su hijita era todo su cariño, era para “el hombre“ como lo llamó la gente lo mas hermoso y valioso que tenia en la vida. Los vecinos se acostumbraron a ver el padre e hija correr y reír alegres jugando en el patio de la casa con una pelota que había comprado en la feria, la niña crecía alegre y sonriente, pues de su padre recibía todo el cariño que un niño necesita para ser feliz.

El patio de la casa de la niña Engracia se convirtió en el centro de reunión de los niños y jóvenes de las familias vecinas, que por las tardes acudían a jugar y divertirse en los muchos columpios que su papá había colgado de los árboles que circundaban el patio. Todos sabían que diariamente sola o acompañada de sus amigas, la niña Engracia bajaba por la vereda del Xicomelt a traer agua del río, y regar las muchas plantas que tenía en su patio, y a cada mañana la oían cantar mientras pasaba por la calle llevando su ramo flores al templo. Se había ganado la simpatía de todos que veían en ella una jovencita ejemplar.

Pero no toda la gente que estaba llegando al pueblo era buena. también llegaban malosos y cuatreros de conducta despreciable. Aconteció que un día ya entrada la tarde, la niña Engracia no quiso que se padre encontrara la tinaja sin agua, y con su cántaro a la espalda bajo como lo hacia a diario, por la empinada vereda del Xicomelt, donde sorpresivamente fue atacada por un desalmado, quien para someterla , se puso a golpearla con una vara nudosa, y aunque luchara por huir, la subida es empinada y resbalosa, y por la distancia sus gritos no fueron oídos por los distraídos vecinos de lo alto. Fue un grupo de hombres que venían de la pizca que se dieron cuenta y acudieron en su rescate.

El desvergonzado individuo lejos de ocultar su pecado, se planto altanero ante ellos para jactarse de su fechoría, por lo que los señores muy indignados se le fueron encima con piedras y palos, el sujeto les amenazaba con su machete y mientras huía les gritaba: ¡En cuanto llegue a mi casa, a balazos termino con todos ustedes! ¡Pobres indios, han de saber que desde ahora aquí yo soy el que manda!

Atraídos por el alboroto, hombres y mujeres comenzaron a salir de sus casas y al enterarse del delito cometido en agravio de la niña Engracia, decidieron lincharlo. Cuentan que al perseguirlo trepo a una peña grande que había ya cerca de la plaza, desde donde trataba de defenderse con su machete aun cuando le llovían las piedras por todos lados.

Fue entonces que llego “el hombre”que en su caballo negro regresaba de sus faenas, y al enterarse del ultraje cometido en agravio de su amada hija, se llego hasta la escena que estábamos presenciando, y remanando su caballo alzo la mano y dijo: -Quietos todos, esto es asunto mío.

Después, ampliando la laza de la reata de lazar que ya tenía en la diestra, la lanzo sobre el sujeto que permanecía en la peña, quien aunque trato de desviarla con su machete, no lo logro, y quedo asido por la cintura. De un tirón le derribo. Tensó la reata en la cabeza de la silla, y arranco el caballo calle abajo como si regresara a La Hacienda. Los gritos desesperados de aquel sujeto se perdieron en la oscuridad de la noche, para volverse a escuchar junto con el galope del caballo que regresaba por la calle de abajo. Retazos de su ropa se había ido quedando atorada en los órganos espinosos de los corrales, y sus gritos lastimeros herían la noche y hacia temblar a los asustados vecinos, que sabían que ahora su cuerpo se iba despellejando entre las piedras del camino.

El hombre dio vuelta en la calle que hoy conocemos como Corregidora, y enfilo a Panteón Viejo, para arrojar allá los despojos del verdugo de su hija. Dicen que a medio camino en unas raíces que sobresalían, se había atorado y desprendido la cabeza del muerto, y que al día siguiente, alguien la ensartó en una vara y luego fue a clavar la estaca cerca del cadáver.

No se cual sería nuestra reacción ni como actuaríamos ante un hecho semejante. Ellos optaron por callar. Aquella gente se lleno de asombro, de susto, nadie imagino un desenlace tan macabro, de su participación se horrorizaron y enmudecieron. Nadie recrimino. Nadie le hecho en cara a “el hombre”su forma de hacerse justicia, solo callaron.

Los que representaban la Autoridad también callaron, prefirieron no intervenir y es probable que tampoco se levantara nota del suceso. El cuerpo o lo que quedaba de él nadie fue a darle sepultura y desde aquella noche ya nadie quería ni siquiera acercarse por aquel lugar.

Se cuenta que en las noches obscuras y lluviosas, el caballo negro se ponía nervioso y le oían resoplar y relinchar tironeándose bajo el mezquite donde le tenían amarrado, y cuando lograba soltarse recorría al galope entre relámpagos y truenos las obscuras calles del pueblo, y la gente atemorizada creía escuchar de nuevo los gritos lastimeros de aquella noche, cuando el arrastrado se iba despellejando entre las piedras del camino.

Desde entonces, cuando alguien perdía un familiar o amigo, ya nadie quiso que fuera enterrado en ese lugar, porque no estuviera cerca del arrastrado, y se pensó en buscar otro lugar apropiado para hacer un nuevo panteón. Es verdad que en lo del nuevo panteón hubo razones de carácter social y político que sí se hicieron constar, y aunque la principal se quiso ocultar, nuestros abuelos la seguían contando.

En este tiempo se acuñaron frases que por muchos años fueron muy usadas, principalmente por mujeres maltratadas o que sufrían un desengaño amoroso: ¡Arrastrado! ¡Mereces irte con el arrastrado! ¡Ojalá y te llevaran con el arrastrado!.

¿Y la niña Engracia?
Sufrió un trauma tan profundo que aunque gracias a los cuidados y atenciones que se esmeraron en prodigarle sus amigas y vecinas pudo sanar de las heridas de su cuerpo.

La herida de su alma nunca sano. Ya nadie la vio sonreír, nadie la vio jugar, y nadie la oyó cantar, ni con su ramo de flores ir al templo.

Un atardecer los vecinos vieron que el hombre saco de su cabaña solo un morral, lo colgó de la silla del caballo, monto a su hija y subiendo en ancas... se fueron del pueblo.

 
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